Los Picos de Europa

 
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Vega de Áliva, Macizo Oriental de Los Picos de Europa. G.B.

LOS PICOS DE EUROPA
    Gonzalo Barrena
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El suelo principal de “Los Picos de Europa”, una parte de la Cordillera Cantábrica que se desgaja hacia el mar, tiene un origen muy antiguo: el mismo que los sedimentos paleozoicos depositados hace 500 millones de años, procedentes de caparazones y organismos depositados sobre lo que entonces era un fondo marino poco profundo.
Ese substrato calizo fue modelado después por sucesivos procesos orogénicos, como el ciclo alpino, que dejó servido el relieve principal de la formación hace 25 millones de años, tras erosiones fluviales intensas con los ríos encajados como ahora lo están, con recorridos en los que predomina el sentido sur-norte. Es el caso de los principales cursos, conocidos como Dobra, Cares, Duje y Deva, que en mayor o menor medida siguen ese impulso hacia el norte cantábrico.
Sobre esa disposición estructural, el modelado glaciar también actuó: hace 30.000 años comenzó la presión sobre el territorio conocida como Würm. De esa glaciación se derivaron los principales elementos que que configuran el suelo de Los Picos como un paisaje nacido de los hielos caracterizado por circos, valles en artesa y morrenas, como las de Áliva, Balbín o Los Lagos, significativamente.
Aquellas masas de hielo, cuando se fueron, promovieron la erosión fluvial hasta el extremo. El río Cares acuchilló, como es conocido, el fondo de un antiguo valle glaciar y una dinámica generalizada de de laderas dejó bien provistas de lleras todas las pendientes. Los pedreros o lleraos caracterizan de tal modo el paisaje de Los Picos que dan nombre incluso a un sector del Macizo Occidental, el de Jascal y Llerosos, orónimos que redundan ambos en el mismo sentido: la profusión de piedras y rocas fragmentadas por congelación de aguas internas que la posterior fusión de los hielos liberó.
Todo ello ocurre ya muy cerca de los tiempos humanos, tiempos del pastor, pues el proceso de deshielo, erosión y derrabes se extiende de modo intermitente desde hace 20.000 años hasta 10.000, a escasos milenios de las primeras ocupaciones ganaderas. Así, no es de extrañar que majadas como las de Beresna (precisamente en Jascal y Llerosos) o la de El Redondal, en Ándara, se construyan en un medio genuinamente rupestre, oportuneando los pedreros como cantera omnipresente y haciendo de las redondas (rocas masivas detenidas a media ladera y suministradas por las fragmentaciones) techo y pared de sus habitaciones. En todo caso, el conjunto de Los Picos de Europa constituye un territorio especialmente caracterizado por la presencia y utilización de la piedra: su abundancia en cotas altas (donde palia la escasez de maderas), su disponibilidad por la presentación fragmentada de los cantos y el numeroso abanico de necesidades habitacionales (cabañas, chozos, cuerres, cerramientos varios...) estimulan su uso. Sus habitantes volvieron practicable así, en incontables puntos, un territorio modelado a contrapié por la acción de los hielos.
Pero el episodio geológico que posiblemente más ha contribuido a la identidad de Los Picos es el Karst. La acción del agua sobre materiales carbonatados como los que componen el suelo de Los Picos ocasionó una red de cuevas, galerías y simas como se conocen pocas en el subsuelo europeo. Toda la panoplia de uvalas y dolinas, singularizadas como joos en la lengua de los pastores, son el resultado de aquellas filtraciones generalizadas. También los poljés, o lagos vacantes sustanciados en valles ciegos de suelo feraz, fueron heredaos en forma de vegas y pasto a partir de un idéntico modelado kárstico, por no hablar de la estrecha relación entre la profusa red de cuevas y la elaboración de los quesos en Los Picos de Europa.
Y más raíces aún se podrían buscar en la ecología lejana de esta formación montañosa cantábrica, como la “terra rossa” que cimenta inagotable el pasto de las brañas, resultando también de las arcillas liberadas en esos modelados, o las nieblas recalcitrantes que, un día y otro, acentúan las consecuencias del suelo. De aquella tierra roja se valen las vacas de ordeño; de las nieblas, ha de defenderse principalmente su pastor. Por eso, una cultura de prudencia y oído sabe discernir desde que hay latón los lloqueros (cencerros) precisos de sus animales, averiguándolos en un cielo gris de borrín y combatiendo la alianza fatal entre los quiebros del suelo y el desaviso que produce la niebla. [....]
...pero esa es ya otra historia.